sábado, 5 de marzo de 2011

Confía sólo en Dios alma mía.


5 de marzo

Desearía decirle muchas cosas bellas, todas de Jesús; pero me doy cuenta de que esto debe quedar en un piadoso deseo, porque las fuerzas, que desde hace algunos días siento que se debilitan, no me lo permiten. Pero ¡Jesús sea bendito! Por su amor me contento con lo estrictamente necesario.

Modere, querido padre, se lo suplico, sus ansiedades en lo que se refiere a su espíritu, porque me parece que es una pérdida de tiempo en nuestro caminar hacia el cielo; y lo que es peor, por muchas de estas ansiedades, que en sí mismas pueden ser santas, y por nuestra fragilidad y por el azuzar insistente del demonio, todas nuestras bellas acciones, permítaseme la expresión, quedan manchadas por un poco de falta de confianza en la bondad de Dios.

Es sólo un sutilísimo hilo que tiene atrapado al espíritu, pero que le impide, y de forma notable, remontar el vuelo en los caminos de la perfección y obrar con santa libertad. Es una grave injuria que el alma hace a nuestro celestial Esposo; y, como consecuencia, ¡ay de mí!, el dulcísimo Señor de cuántas gracias nos priva sólo porque la puerta de nuestro corazón no le queda abierta con santa confianza. El alma, si no se decide a salir de este estado, se atrae sobre sí muchos castigos.

No le parezca exagerada, querido padre, esta afirmación mía. Traigamos a la memoria aquel inmenso pueblo de Dios en el desierto; por falta de confianza muy pocos llegaron a poner el pie en la tierra prometida. Su propio jefe, quiero decir Moisés, por haber dudado al golpear aquella piedra de donde debía salir agua para quitar la sed de aquel pueblo sediento, fue gravemente castigado y no pisó la tierra prometida.

(17 de agosto de 1913, al P. Agustín de San Marcos in Lamis – Ep. I, p. 405)

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